Ayer estuvimos debatiendo en Whatsapp con mis amigas sobre fumar en terrazas.
Una decía que habría que prohibirlo en más sitios porque los fumadores muchas veces parece que no se dan cuenta de que molestan, o sí se dan cuenta y les da igual.
Otra decía que tampoco había que convertirse en dictadores de todo lo que nos incomoda.
Y Pili resumió el dilema con una frase bastante buena: esto no debería ir de prohibir, sino de respetar.
Ahí está casi todo.
Soy bastante contraria a la prohibición como reflejo automático.
No me gusta una sociedad donde cada conducta que molesta termine en una norma y una sanción.
Me gustaría vivir en un sitio donde hicieran falta pocas prohibiciones, y donde la gente supiera comportarse sin tener a una autoridad encima recordándole constantemente qué puede y qué no puede hacer.
El problema es que para eso hace falta civismo.
Y de esto claramente no vamos sobrados.
La libertad no consiste en hacer lo que te dé la gana
Creo que hemos confundido bastante la idea de libertad con la ausencia total de límites.
Decimos “tengo derecho”, “es un espacio público”, “estoy al aire libre” y parece que con eso queda cerrada la conversación. Pero la libertad en sociedad nunca ha consistido en poder hacer todo aquello que legalmente no esté prohibido. Consiste también en saber cuándo tu conducta invade innecesariamente al otro.
Ese matiz me parece fundamental.
Tú puedes fumar en una terraza. Pero si tienes a una persona a treinta centímetros tragándose tu humo, quizá el problema no sea jurídico sino de consideración.
Puedes poner música en casa. Pero si son las tres de la mañana y hay un edificio entero durmiendo, no hace falta que venga una ordenanza municipal a explicarte que quizá no toca.
Puedes hablar por teléfono en un tren, dejar el carrito del supermercado en cualquier sitio o ocupar dos asientos con tus cosas.
La pregunta debería ser “¿estoy molestando de forma evitable?”.
Y esa pregunta exige algo que la norma nunca puede sustituir del todo: ponerse durante un segundo en el lugar del otro.
Cuando falla el civismo, empieza a crecer la regulación
Esto me da incluso miedo.
Muchas prohibiciones aparecen porque antes hubo una conducta que demasiada gente decidió no limitar por sí misma.
No porque la sociedad tenga una pulsión natural por prohibirlo todo, sino porque la convivencia falla y entonces alguien acaba pidiendo que entre la ley.
Si nadie tirara basura al suelo, haría falta menos tasas de residuos.
Si la gente condujera a una velocidad prudente, harían falta menos radares.
Si quien fuma se apartara cuando está pegado a otras personas, la discusión sobre prohibir el tabaco sería menos intensa.
Si nadie pusiera música a todo volumen de madrugada, no haría falta recordar qué significa el descanso vecinal.
Por supuesto, hay normas que son necesarias incluso en sociedades muy cívicas. Pero hay muchas otras que funcionan como sustituto de algo que no hicimos por nosotros mismos.
Y eso me parece una derrota.
Porque el ideal de una sociedad adulta no debería ser necesitar una norma para cada situación imaginable. Debería ser poder confiar en que una parte importante del comportamiento colectivo se sostiene por respeto mutuo.
La verdadera prueba de civismo no es comportarte cuando sabes que hay una cámara o un agente cerca. Es hacer lo correcto cuando nadie te mira y cuando, probablemente, podrías hacer lo que te diera la gana.
En Nueva Zelanda pensé mucho en esto
Estuvimos ahí de viaje de novios, y me llamó la atención la sensación de que la gente parecía tener mucha más conciencia de que el espacio común también le pertenecía y que tenía que cuidarlo.
No voy a idealizar un país en el que he estado solo dos semanas. Ninguno es perfecto. Pero sí me pareció que había más interiorizada una idea que aquí a veces perdemos: lo público no es “de nadie”. Es de todos. Y cuando entiendes eso, cambia tu comportamiento.
Cuidas un parque porque también es tuyo. No dejas basura porque otro se la va a encontrar. No haces ruido innecesario porque entiendes que compartes espacio con personas que tienen exactamente el mismo derecho que tú a disfrutarlo.
Si quieres menos Estado, necesitas más responsabilidad personal
Aquí es donde para mí encaja la parte liberal del asunto.
Yo prefiero que el Estado intervenga poco en la vida de la gente. Me incomoda que todo se regule. Me preocupa esa tentación moderna de convertir cualquier molestia en una prohibición. Pero precisamente por eso creo que la libertad exige mucho más de la persona.
Si quieres menos normas, necesitas más autocontrol.
Si quieres menos sanciones, necesitas más respeto.
Si quieres que nadie te diga constantemente cómo comportarte, tienes que demostrar que sabes hacerlo sin que te lo recuerden.
No se puede exigir libertad absoluta y actuar como si los demás fueran un decorado.
Eso no es libertad.
Es egoísmo.
El problema no es tener derechos. Es creer que solo existen los nuestros
También creo que hemos aprendido muy bien a hablar de derechos, pero bastante mal a hablar de las obligaciones.
Tengo derecho a fumar. Sí. Y el de al lado tiene derecho a no tragarse tu humo.
Tengo derecho a divertirme. Sí. Y otro tiene derecho a dormir.
Tengo derecho a expresarme. Sí. Pero no a ensuciar cualquier espacio con mi música sin cascos, mi comportamiento o mi presencia.
Tengo derecho a estar. Claro. Pero no a comportarme como si todo lo que me rodea estuviera allí para servirme.
Ojalá no hubiera que prohibir
De verdad lo pienso.
Ojalá hubiera menos prohibiciones, menos carteles, menos sanciones y menos necesidad de regular cada detalle de la vida cotidiana.
Pero no porque cada uno haga lo que le apetezca.
Sino porque la gente sepa cuándo parar sin que nadie tenga que obligarla.
Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella donde nadie te pone límites. Es aquella donde gran parte de esos límites ya los has incorporado tú por respeto al resto.
Y quizá ese sea el problema de fondo:
no necesitamos solo defender mejor nuestra libertad,
necesitamos volver a aprender qué hacer con ella.
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