Hay algo incómodo en escribir sobre el desahucio de Mari Carmen: parece que cualquier pregunta necesita una disculpa previa. Que antes de hablar de contratos, de responsabilidades o de derechos hay que dejar claro que a una le da pena.
Por supuesto que me da pena.
Pero también quiero entender cómo se ha llegado hasta aquí y qué solución habría sido posible. No entiendo por qué tenemos que elegir entre ambas cosas.
Además me hace reflexionar sobre el uso político de esa pena. Esa facilidad con la que la izquierda hace suyo el dolor de alguien y, a partir de ahí, se atribuye la autoridad para decidir qué podemos decir los demás. Es increíble, una vez más.
Si preguntas por los derechos del propietario, tienes que explicar que no eres una desalmada.
Si quieres conocer los antecedentes, parece que buscas excusas.
Si discrepas de la solución que se reclama, te gusta ver sufrir a una anciana.
A mí eso me parece una forma bastante tramposa de discutir.
La izquierda no tiene la exclusiva de la compasión, aunque hable como si sólo los suyos la demostraran.
Se puede querer que Mari Carmen tenga una vivienda adecuada y discrepar sobre quién debe proporcionársela.
Se puede defender la protección de una persona vulnerable y preguntar qué obligaciones corresponden a la Administración.
Se puede sentir preocupación por ella sin aceptar toda la lectura política que se ha construido alrededor.
Es ahí donde creo que la izquierda cede terreno de la democracia a lo que yo llamo emocracia: la emoción acaba decidiendo qué argumentos merecen ser escuchados.
Las emociones tienen un lugar en política. Faltaría más. Muchas injusticias empiezan a corregirse porque alguien consigue que los demás dejen de mirar hacia otro lado. El problema aparece cuando esa emoción se utiliza para ahorrarse las explicaciones. Cuando se descalifica tan rápido a quien cuestiona una medida.
En democracia hay que explicar las decisiones, discutir sus consecuencias y aceptar preguntas incómodas. También cuando la causa que defendemos nos parece indiscutible.
Hace falta hablar de recursos, de competencias, de obligaciones y de límites. Hace falta decidir quién paga, quién interviene y qué ocurre con las personas que viven situaciones parecidas sin salir en televisión.
Y también hace falta hablar de responsabilidad individual.
No sé qué posibilidades de ahorro tuvo Mari Carmen ni qué decisiones habría podido tomar. No voy a inventarme su vida para que encaje lo que quiero trasladar. Pero tampoco acepto que preguntar por las decisiones personales sea, de entrada, una crueldad , y mucho menos que me tachen de facha.
Las circunstancias pesan; nuestras decisiones también.
Una política adulta debería poder hablar de ambas.
Pero ¿nuestra política puede considerase adulta? No.
Vivir durante muchos años en una casa crea un vínculo comprensible.
Pero para determinar qué derechos derivan de ese vínculo necesitamos conocer el caso en profundidad, y no hablar a la ligera.
Y si consideramos que la protección existente que ha tenido Mari Carmen, como muchos otros, es insuficiente, habrá que defender una respuesta, explicar cómo se va a financiar y establecer a quién ampara. Me parece una exigencia mínima antes de clasificar el humanitarismo de cada uno.
Por eso desprecio la superioridad moral con que nos trata la izquierda en el debate. No quiero que ningún partido me diga cuánto me importa una persona en función de si comparto su opinión y supuesta solución.
Quiero poder entender esa solución, discutirla y sacar los posibles problemas sin tener que defender antes si soy una persona decente y humana o no.
Me encantaría que Mari Carmen tenga tranquilidad, que la cuiden y que viva en un lugar adecuado.
Precisamente por eso, me interesa saber quién va a ocuparse de que lo tenga cuando este caso sea el tema del momento.
A quienes han hecho bandera de esta historia les pediría que siguieran acordándose de ella cuando continúen haciendo esta vida insoportable de vivir.