Como madre, me cuesta y me duele escuchar a Mónica García hablar del aborto con esa suficiencia.
Ella también es madre.
Me cuesta especialmente que, ante una pregunta sobre el sufrimiento del feto, responda que la evidencia es tan obvia que no va a contestar. Una ministra de Sanidad debería poder explicar algo así sin tratar a quien pregunta como impertinente o absurda.
Y mi desacuerdo va más allá de sus formas.
Para mí, el derecho a la vida debería ser el primero, porque todos los demás necesitan que estemos vivos para poder ejercerlos. Por eso me preocupa un discurso que defiende el aborto sin detenerse suficientemente en la vida que se interrumpe. Esa es, precisamente, la parte que más me importa.
¿La maternidad influye en cómo lo veo? Ya pensaba así antes.
No tengo conocimientos médicos ni autoridad sobre la experiencia de otras mujeres. Pero ser madre hace que me resulte imposible pensar en un embarazo únicamente como una cuestión de derecho individual. Hay una vida desarrollándose que también merece consideración. Necesito que esa vida tenga un lugar en la conversación, aunque no pueda reclamarlo por sí misma.
Y me da igual sin en esa etapa no existe capacidad de sentir dolor, mi pregunta sigue en pie. El valor de una vida no debería depender de cuánto pueda sufrir.
No quiero utilizar esto para juzgar desde fuera a una mujer que ha abortado. Desconozco sus circunstancias, sus miedos, las presiones que ha recibido o las opciones que tuvo. Puede haber, y las hay, situaciones muy difíciles. Precisamente por eso espero mucho más de quienes gobiernan que una defensa del derecho a decidir.
Quiero saber qué están haciendo para que una mujer que desea tener a su hijo pueda hacerlo. Qué ayuda encontrará si no tiene dinero, si su pareja la abandona, si teme perder su trabajo o si está sola. Qué apoyo concreto habrá después del nacimiento, cuando lleguen los gastos, el cansancio y las dificultades.
Me cuesta aceptar que se celebre la libertad de elegir sin preguntar cuánto pesan la soledad y la falta de recursos en esa elección. Para mí, proteger a las mujeres también exige tomarse esas condiciones en serio.
A Mónica García le reprocho, sobre todo, la actitud con la que despachó una pregunta que merecía una respuesta. Habla desde un cargo público, con una responsabilidad enorme, sobre algo que afecta a convicciones y experiencias muy profundas. Le pediría un poco menos de suficiencia, superioridad moral, y bastante más disposición.
Y a la izquierda que presenta la defensa del aborto como la posición que mejor representa a las mujeres le diría que a mí no me representa en esto. Soy mujer, soy madre y considero que la vida que se está gestando merece una protección que no puede quedar relegada a una incomodidad del debate. Y me juego el cuello a que nosotras somos mayoría. Estáis gobernando para las minorías, porque pensáis que así queda mejor vuestro discurso.
Puedo comprender que otras mujeres lleguen a conclusiones distintas. Espero que ellas puedan comprender también que nuestra preocupación por esa vida no nace del deseo de controlar a nadie.
Creo que nuestra primera responsabilidad debería ser proteger la vida, especialmente cuando todavía depende por completo de otros.
Por eso quiero una política que se esfuerce mucho más en cuidar a la madre y en hacer posible que su hijo nazca. Que pueda mostrar ayudas, acompañamiento y compromisos que duren.
Cuando escucho hablar de derechos, también espero oír qué estamos dispuestos a hacer por esa vida que empieza.