La vida de los martes.
,

·

Me han quitado la tintorería.

Iba a bajar el edredón.

Empieza a hacer frío, lo he sacado del armario y pensé en llevarlo a que le dieran un repaso antes de ponerlo.

Pero la tintorería de debajo de casa ya no está. Han abierto una pizzería. Se llama Snob.

Snob. Es que ni siquiera se han molestado en disimularlo.

«Inspirado en Nueva York. Made in Madrid».

En su web cuentan que quieren que el barrio sea una extensión de tu propia casa. Pues eso, exactamente eso, era la tintorería. Una extensión de mi casa. El sitio al que bajar con el edredón bajo el brazo.

Ahora tengo debajo una pizzería con estética de café de especialidad, de esos en los que te sientes una paleta si preguntas cuánto cuesta antes de comprarlo. No tengo nada contra la pizza, ni contra Nueva York, ni contra quien abre un negocio y se juega su dinero. Eso me merece todo el respeto. Lo que me da pena es lo que se va.

Porque el barrio está dejando de ser barrio. Y no solo el mío.

Un barrio es la gente que se sabe tu nombre.

Es mi portero, Pedro, al que quiero saludar al salir de casa sin ir sorteando los restos de basura que dejan los que comen en el Burger King.

Es la farmacia de César y Paloma, que el otro día me regalaron una crema para mi hija.

Es el matrimonio del estanco, que me regalaron un puro para mi despedida de soltera.

Es la terraza donde desayuno, que ponen un bizcocho casero de morir y no te lo cobran como si lo hubieran horneado en la cocina de Palacio.

Es el restaurante donde nos conocen y siempre nos hacen sitio, porque el encargado es vecino nuestro.

Eso es un barrio: una red de pequeñas confianzas que no sale en Instagram y que no se puede importar de Nueva York ni de ningún otro sitio. Se construye con años, con saludos por la mañana y con favores que nadie apunta.

Y nos lo estamos cargando. Cada vez que cierra una tintorería, una mercería o una zapatería de toda la vida y abre en su lugar otro concepto con nombre en inglés, el barrio pierde un trocito de memoria. Lo nuevo no es malo por ser nuevo. Pero hay algo profundamente triste en que lo útil deje sitio a lo que queda bien en una foto.

Lo peor es la sensación de que ya no se piensa en nosotros. Cada vez más locales parecen pensados para el que está de paso: el que busca la foto, el que viene un fin de semana, el que no va a volver. Nombres que suenan a cualquier ciudad del mundo menos a esta y conceptos que importamos de fuera como si lo nuestro no valiera. Mientras tanto, los que vivimos aquí, los que bajamos a por el pan y necesitamos que alguien nos limpie el edredón o nos cosa un bajo, nos vamos quedando sin sitio.

Estamos haciendo barrios para que los visiten, no para vivir en ellos. Y un barrio pensado para los de fuera acaba expulsando a los de dentro.

Una tintorería te arregla la vida. Una pizzería llamada Snob solo te recuerda que tu barrio ya no es para ti.

Por eso pienso cuidar lo que queda. Voy a seguir comprando en la farmacia de César y Paloma, saludando a los del estanco, pidiendo el bizcocho de Lombay y sentándome en el restaurante de nuestro vecino. Los barrios no mueren de un día para otro. Mueren cuando dejamos de bajar.

El edredón, de momento, sigue en casa, esperando una tintorería que ya no está.


Volver al archivo →

Descubre más desde La vida de los martes

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo