La huelga que llega tarde
El 11 de noviembre hay huelga general. La primera en catorce años. La primera desde que Pedro Sánchez llegó a la Moncloa.
Faltarán dieciocho días para las elecciones.
Y yo me pregunto qué sentido tiene.
Que conste que comparto buena parte del diagnóstico. Tengo lo que creía un buen sueldo y no puedo acceder a la vivienda que necesito. Sé lo que es trabajar y sentir que no avanzas. Cuando los sindicatos dicen que la vivienda se está comiendo la mitad del salario de muchas familias, no les voy a llevar la contraria. Es verdad. Lo vivo.
Lo que no entiendo es el cuándo. Y, sobre todo, el contra quién.
Una huelga general, de toda la vida, se le hace a quien gobierna. Es la forma que tienen los trabajadores de decirle al poder: así no. Los sindicatos se la hicieron a Zapatero en 2010 y a Rajoy en 2012. A quien mandaba.
Esta vez, el que manda lleva más de ocho años en el cargo. Ocho años en los que los alquileres no han dejado de subir, en los que comprar un piso se ha convertido en una fantasía para mi generación y en los que el Gobierno ha prometido una y otra vez que la vivienda era su prioridad. En todo ese tiempo, ni una huelga general. Ni una.
Y de repente, cuando se convocan elecciones, sí.
Los sindicatos decidieron convocarla el mismo día en que se anunciaron las elecciones. Y ahora el líder de CCOO le pregunta a Feijóo si piensa gobernar con quien va a arruinar los servicios públicos, y le reprocha al PP haber votado contra los decretos de vivienda. Hay quien ya la llama la primera huelga contra la oposición. No sé si es exactamente eso. Pero se le parece muchísimo.
Porque, si el problema es que el Congreso tumbó esos decretos, conviene contarlo entero. No los tumbó solo el PP. Votaron en contra también socios del propio Gobierno. Simplemente porque, lejos de ser una solución, empeora la situación. Y si el problema es que ocho años después la vivienda está peor que nunca, la pregunta debería ir a quien lleva ocho años gobernando, no solo a quien aspira a hacerlo.
Una huelga contra el que todavía no gobierna es una cosa muy rara. Es protestar por la comida del restaurante de enfrente.
Y mientras tanto, ¿quién la paga? No el que la convoca. La paga el autónomo que ese día no factura. La tienda del barrio que no levanta la persiana. La familia que tiene que buscarse la vida porque no hay colegio. El trabajador que no puede permitirse perder un día de sueldo, que es justo el que dicen defender.
Defiendo el derecho a la huelga. Es un derecho, y uno importante. Precisamente por eso me parece grave usarlo así. Cuando una huelga general se parece demasiado a un acto de campaña, pierde su fuerza para cuando de verdad haga falta. Y el que pierde no es un partido. Somos los que necesitábamos que alguien defendiera de verdad nuestro sueldo y nuestra casa, y no a uno de los candidatos.
Me habría encantado una huelga hace tres años. O hace cinco. Cuando el alquiler empezó a comerse la mitad de la nómina y nadie quiso hacer ruido para no molestar a quien mandaba.
Llegar ahora, a dieciocho días de votar, no es defender a los trabajadores. Es llegar tarde y apuntar al sitio equivocado.
La vivienda no es de izquierdas ni de derechas. Mi necesidad de una casa tampoco. Por eso me molesta tanto que la conviertan en una pancarta electoral.
Que se protesten los problemas, sí. Siempre. Pero contra quien los tiene en la mano. Y cuando toca, no cuando conviene.