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Sea de la forma que sea.

Mi padre me ha visto sufrir por muchas cosas pero, por lo que más, por amor.

Veía que, a mi alrededor, mis amigas se casaban e incluso se convertían en madres, y yo seguía esperando.
Esperando, como si el matrimonio fuera una cosa que sí o sí iba a llegar.

Esperamos el matrimonio como si fuera un destino al que, tarde o temprano, todos debemos llegar.
Como si estuviera garantizado.
Como si fuera un logro.

Crecemos con la idea de que el amor culmina en una boda, como si el camino no tuviera valor si no desemboca en ese momento exacto.
Nos educan para ver el matrimonio como una meta, cuando en realidad no es ni un final ni una garantía. 

Porque el amor no se mide en anillos ni en firmas,
y la felicidad no depende de si compartes la vida con alguien o no.

Pero nadie nos prepara para la posibilidad de que tal vez no llegue,
y más importante aún, para que si no llega, no pase nada.
Como si la plenitud estuviera incompleta sin una pareja,
cuando en realidad hay tantas formas de vivir una vida plena.

He pasado años esperando algo que, sin darme cuenta,
se había convertido en una expectativa impuesta por la sociedad más que en un deseo real.
Y cuando dejé de esperar,
entendí que la vida no se mide en hitos sociales,
sino en lo que realmente te llena.

Lo encontré cuando entendí que el amor no es un destino al que se llega,
sino algo que sucede en el camino.
No hay que salir a buscarlo como si fuera un premio que nos falta para completar la vida.
Hay que buscar la vida. Vivir con intensidad, con propósito, con pasión.
Y cuando lo haces, la vida te devuelve el amor que mereces.

Sea en una pareja, en una familia, en la amistad, en el amor propio.
Sea de la forma que sea.


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