La vida de los martes.

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Hoy mi madre cumpliría 71 años.

Han pasado veintitrés años desde el día en el que la vi irse.

Al principio pensé que el duelo era un estado al que llegaría y se acabaría, pero no: es un movimiento constante, un ir y venir que nunca termina del todo.

Durante años me enfadé. Con Dios, con la vida, conmigo. Buscaba respuestas, justificaciones, y no había ninguna. Lo único real era la ausencia. 

Y sin embargo, con el tiempo entendí que el amor no desaparece con la muerte. Se transforma. A veces duele como una amputación, otras aparece como un soplo de calma cuando más lo necesito.

Yo, que me creo tan racional, lo he comprobado una y otra vez. Cuando tuve ataques de pánico, mi padre encontró de casualidad una carta suya donde hablaba del mismo miedo que yo sentía. No me curó, pero me sostuvo. Fue como si me dijera: “No estás sola, yo también lo viví”. 

Quizá la muerte no rompe el vínculo. Solo lo cambia. Ya no está de la forma en que quisiera, pero sigue estando. Como una presencia invisible que a veces consuela, a veces sigue doliendo, pero que siempre acompaña.

Hoy no celebro solo lo que fue su vida, sino lo que sigue siendo su amor: distinto, silencioso, pero inquebrantable.

Por eso, a quienes estáis pasando por la pena de haber perdido a alguien: no busquéis consuelo fácil. No lo hay. Pero si os dejáis, descubriréis que siguen estando. No de la forma en que quisiéramos, pero sí de otra, igual de real. El amor, aunque se transforme, nunca se acaba.

Si quieres seguir leyendo: Mamá. Sólo pienso en ti.


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