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La Industria de Enseñarnos a Vivir.

Siempre hay alguien en internet que te explica por qué estás viviendo mal.

Duermes mal. Comes mal. Educas mal a tus hijos. Discutes mal con tu pareja. Trabajas mal. Descansas mal. Respiras mal.

Probablemente ahora mismo estés bebiendo agua mal.

Gracias a Dios, esa persona tiene un curso. Y un libro. Y una masterclass gratuita de 45 minutos que termina vendiéndote el curso. Te va a solucionar la vida.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre cómo vivir.

Y nunca habíamos dudado tanto de si lo estábamos haciendo bien.

Antes vivíamos, ahora optimizamos.

Hubo un tiempo en el que uno se iba a dormir cuando tenía sueño. Ahora tenemos higiene del sueño.

Temperatura óptima.

Magnesio.

Luz roja.

Un reloj inteligente que por la mañana te dice que has dormido fatal, aunque te hayas levantado estupendamente.

También hubo un tiempo en el que comer consistía en comer.

Ahora hay picos de glucosa, microbiota, inflamación, cortisol y un tío en Instagram diciéndote que no puedes tomar café antes de desayunar.

O que sí.

Depende del tío.

Pero esta industria tiene su obra maestra en la crianza.

Pocas cosas generan más inseguridad que tener delante a una persona diminuta que depende completamente de ti.

Y pocas cosas venden mejor que la inseguridad.

Ahora criamos como si estuviéramos desactivando una bomba.

Tu bebé no duerme.

NORMAL: Es un bebé.

Pero abres Instagram y descubres que quizás no sea tan normal.

Puede que hayas calculado mal la ventana de sueño.

Puede que la última siesta haya sido demasiado larga. O demasiado corta.

Quizás tengas que adelantar la hora de acostarlo. O retrasarla.

Tal vez necesite ruido blanco.

Quizás la rutina no sea suficientemente consistente.

¿Tiene rutina?

¿No tiene rutina?

Dios mío.

¿CÓMO NO VA A TENER RUTINA?

Y ahí estás tú, a las tres de la mañana, con tu hijo llorando en brazos y leyendo un carrusel de Instagram que dice:

“Cinco errores que están arruinando el sueño de tu bebé”.

Gracias.

Era justo lo que necesitaba en este momento.

LA CULPA.

La crianza, que ya de por sí era difícil, se ha convertido en un examen permanente.

BLW.

Montessori.

Apego seguro.

Disciplina positiva.

Estimulación.

Tummy time.

No obligar a compartir.

Validar emociones.

Poner límites.

Al final, como digo, criar empieza a parecerse menos a conocer a tu hijo y más a desactivar una bomba nuclear siguiendo un tutorial de YouTube en latino.

Y así hemos convertido cualquier incomodidad en un problema.

Poco a poco hemos ido convirtiendo cosas normales de estar vivo en errores que necesitan una reparación.

Porque una persona cansada puede echarse una siesta como Dios manda.

Pero una persona convencida de que no sabe gestionar su energía es un cliente.

Ahí está la diferencia.

Primero te creo el problema y luego te vendo la solución.

No hace falta que tengas un problema. Simplemente tienen que conseguir que dudes.

“Cinco señales de que…”

Lees.

Y, efectivamente, haces tres de las cinco.

Mierda. Resulta que llevas 32 años respirando mal.

Y aquí aparece el producto: no es el curso. Es tu inseguridad.

Una persona insegura necesita comprobar constantemente que lo está haciendo bien.

Y comprobar que lo estás haciendo bien en 2026 es facilísimo.

Solo tienes que abrir Instagram y salir pensando que lo haces todo mal.

Porque aparece “El Experto del Aro de Luz”.

Antes, convertirse en una autoridad sobre algo llevaba bastante tiempo.

Estudiabas.

Investigabas.

Trabajabas.

Acumulabas experiencia.

Publicabas.

Ahora existe una vía alternativa:

Un aro de luz. Un micrófono. Una plantilla de Canva.

600.000 seguidores.

Internet ha mezclado en el mismo escaparate al investigador que lleva veinte años estudiando un tema y al tío que leyó tres libros sobre inversión en bolsa en agosto.

Y ambos hablan con la misma seguridad.

Pero el algoritmo no premia al que más sabe. Premia al que consigue que no hagas scroll.

Y “habría que estudiar tu caso” retiene peor que “Esto está DESTROZANDO tu vida”.

Y así, poco a poco, hemos externalizado el criterio.

Hemos empezado a buscar fuera respuestas que antes intentábamos encontrar dentro.

¿Tengo hambre? Un experto me dirá cuándo debo comer.

¿Mi hijo tiene sueño? La app dice que su ventana termina dentro de 17 minutos.

¿Estoy cansada? Mi reloj dice que mi Body Battery está en 42.

¿Debería dejar a mi pareja? Podcast.

Qué paradoja. Tenemos acceso a todo el conocimiento desde el móvil, y eso nos ha hecho confiar menos en nosotros mismos.

Nuestros abuelos hicieron muchas cosas mal. Muchísimas.

Pero nunca se preguntaron si estaban doblando bien las toallas.

Y nosotros sentimos ansiedad mientras doblamos una toalla.

No necesitamos hacerlo todo bien.

A veces no necesitas mejorar nada.

Estás cansado porque tienes un bebé.

Tu hijo tiene una rabieta porque tiene tres años.

Tu marido y tú habéis discutido porque convivir con otra persona durante años es complicado.

Tu casa está desordenada porque ayer llegaste tarde.

No eres productivo todos los días porque no eres una fábrica.

No necesitas despertarte a las 5 am.

Ni beber agua con limón.

Ni encontrar tu propósito.

Quizá puedes simplemente vivir.

Hacer algunas cosas bien.

Otras regular.

Equivocarte.

Cambiar de opinión.

Pedir consejo cuando de verdad lo necesitas.

Ignorarlo cuando no.

Y recuperar una habilidad que estamos perdiendo poco a poco: confiar en nuestro propio criterio.

Nunca habíamos tenido tantas personas enseñándonos cómo vivir.

Y por eso nunca habíamos necesitado tanto que alguien nos dijera:

HAZ LO QUE TE DE LA GANA.


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