Hay bebés que nacen y, cuatro horas después, ya son creadores de contenido.
No me refiero a una foto enviada a los abuelos.
Contenido.
Un reel editado. Música. Primeros planos. La pulsera del hospital. La mano de papá. El bebé sobre el pecho. Una frase sobre el amor más puro del mundo.
Parto a las doce.
Publicación a las cuatro.
Y yo no consigo dejar de pensar en esas cuatro horas.
Porque en algún momento entre salir del paritorio, conocer por primera vez la cara de tu hijo y asumir que tu vida acaba de cambiar para siempre, alguien ha tenido que pensar:
Esto hay que grabarlo.
Quizá incluso antes de quedarte embarazada.
Y eso es lo que me inquieta.
No que una madre quiera conservar el recuerdo de su parto. Eso lo entiendo.
Lo que me inquieta es que, en uno de los momentos más íntimos, vulnerables y animales que puede vivir una mujer, exista ya una tercera presencia en la habitación.
La audiencia.
Hace poco leí Los reyes de la casa, de Delphine de Vigan.
La novela habla de niños cuya vida entera se convierte en espectáculo.
Niños que desayunan delante de una cámara.
Que abren regalos delante de una cámara.
Que lloran delante de una cámara.
Que crecen delante de una cámara.
Y mientras lo leía pensaba continuamente que la parte que más miedo da del libro es el hecho de que ya no sea ficción.
Abro Instagram.
Una niña desayuna unas tortitas.
“Les encantan porque están hechas con ingredientes naturales”.
Código MARTA20.
Otro niño estrena abrigo. “Mirad qué ideal va”. Marca etiquetada.
Otro se cepilla los dientes. Pasta patrocinada.
Otro enseña su dormitorio nuevo. Su cuarto, donde va a pasar gran parte de su vida. Donde duerme.
Hay algo profundamente extraño en convertir la infancia en un soporte publicitario.
Un niño de tres años no entiende qué significa una colaboración.
No sabe qué es engagement.
No sabe que su camiseta, su desayuno o su cumpleaños forman parte de un acuerdo comercial.
Simplemente sabe que mamá ha sacado el móvil otra vez.
“Sonríe.”
“Enséñalo.”
“Di que te gusta.”
“Otra vez, que no se ha grabado.”
Imagino esa escena y me produce una sensación bastante desagradable.
Sospecho que cruzamos hace tiempo la línea y estamos utilizando a nuestros hijos para monetizar la maternidad.
“Es mi hijo y yo decido.”
Es tu hijo. No eres tu hijo.
Tu hijo es otra persona.
Una persona que todavía no puede decidir si quiere que miles o millones de desconocidos sepan cómo era cuando se despertaba, qué comía, qué rabietas tenía, dónde celebraba su cumpleaños o cómo era su dormitorio.
Pensamos muchísimo en proteger a los niños de Internet.
Y muy poco en protegerlos de nuestra propia necesidad de estar en Internet.
Después está la paradoja.
Muchas de esas madres dicen proteger ferozmente a sus hijos.
Borran la cara de su hija mayor porque, a ver, ya tiene una edad.
Pero sabemos a qué colegio van.
Sabemos la ubicación de su casa.
Sabemos qué comen.
Cómo hablan.
Qué les da miedo.
Qué juguetes prefieren.
Cómo es su habitación.
Incluso cómo nacieron.
Y algún día esos niños mirarán atrás y descubrirán que millones de personas les vieron crecer antes de que ellos pudieran elegir ser vistos.
Lo más inquietante es lo que el contenido puede llegar a hacer con la realidad.
Si tu trabajo consiste en enseñar tu vida, tarde o temprano aparece una pregunta:
¿estás grabando porque está pasando o está pasando porque necesitas grabarlo?
Un desayuno bonito.
Una sorpresa.
Una reacción.
Una conversación con tu hijo.
Un regalo.
Un abrazo.
Una vuelta del colegio.
¿En qué momento deja de existir la frontera entre el recuerdo y la producción?
Entre vivir algo de verdad o generar contenido sobre ello.
Ese es el verdadero horror.
Que una familia empiece a organizarse alrededor de Instagram.
Y vuelvo al parto.
A esa mujer que acaba de tener un hijo y unas horas después publica un vídeo perfectamente editado.
Me impresiona que hayamos normalizado tanto la producción constante de contenido que ya ni siquiera nos resulta extraño.
Un ser humano acaba de llegar al mundo.
Y prácticamente al mismo tiempo llega también al feed.
Ni siquiera ha abierto bien los ojos y ya tiene audiencia.
Todavía no tiene personalidad.
No sabe hablar.
Pero ya comunica marcas.
Ya tiene presencia digital.
No creo que la solución sea prohibir que los padres enseñen a sus hijos.
Yo también entiendo las ganas de compartir.
Pero quizá deberíamos empezar a distinguir entre compartir nuestra vida con nuestros hijos y convertir la vida de nuestros hijos en nuestra profesión.
Porque cuando un adulto decide exponerse en Internet existe, al menos, una elección. Cuando el protagonista tiene dos años, no.
Dentro de poco tendremos la primera generación de adultos cuya infancia completa está colgada en Instagram.
Cuando puedan explicar qué se siente al descubrir que desconocidos recuerdan momentos de tu infancia que tú ni siquiera recuerdas.
Entonces sabremos si exagerábamos.
O si simplemente tardamos demasiado en admitir que aquello que estábamos viendo era bastante raro.
Mientras tanto, dejo una pregunta.
Una que me parece difícil de responder:
¿Dónde termina el derecho de unos padres a compartir su vida y dónde empieza el derecho de un niño a que su infancia no sea contenido?
Si quieres seguir leyendo: La Industria de Enseñarnos a Vivir.