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Déjame en mi zona de confort.

No quiero salir de mi zona de confort.

Ya está.

Lo he dicho.

LinkedIn me puede bloquear.

“Sal de tu zona de confort”

Atrévete.

Reinvéntate.

Haz eso que te da miedo.

Si no te incomoda, no estás creciendo.

Y yo tengo una pregunta.

¿Y si estoy bien aquí?

¿Y si me gusta mi trabajo?

¿Y si no quiero emprender?

¿Y si no quiero correr una maratón?

¿Y si no quiero mudarme de país, aprender mandarín ni levantarme a las cinco de la mañana?

¿Y si simplemente quiero vivir una temporada sin convertirme en una versión mejorada de mí misma?

Parece que estar cómodo se ha convertido en una especie de fracaso moral.

Tienes un trabajo estable: te estás acomodando.

Una relación tranquila: cuidado con caer en la rutina.

Un fin de semana sin planes: estás desperdiciando el tiempo.

La zona de confort tiene una reputación terrible.

Pero creo que es porque la estamos confundiendo con otra cosa.

Una cosa es quedarte en un sitio que te hace infeliz porque tienes miedo de moverte. Y otra muy distinta es haber construido algo que te gusta y decidir disfrutarlo.

No todo lugar cómodo es una cárcel.

A veces es una casa.

Nos han vendido que crecer implica estar permanentemente incómodo.

Más responsabilidad.

Más dinero.

Más kilómetros.

Más libros.

Más experiencias.

Más retos.

Más.

Siempre más.

Y si alcanzas aquello que querías, enhorabuena.

Tienes aproximadamente quince minutos para celebrarlo antes de preguntarte cuál es el siguiente objetivo.

Porque quedarte quieto está mal visto.

Llegar nunca es suficiente.

Hay que seguir avanzando.

¿Hacia dónde?

Bueno.

Eso ya lo veremos.

Pero avanza.

A veces pienso que hemos convertido el desarrollo personal en una huida permanente de nosotros mismos.

Nunca somos del todo suficientes.

Siempre hay una versión 2.0 esperando.

Más productiva.

Más culta.

Más en forma.

Más resiliente.

Más madrugadora.

Con mejor microbiota.

Y qué cansancio.

Quizá una de las cosas más revolucionarias que puedes hacer hoy es mirar tu vida y pensar:

esto me gusta.

Quiero quedarme aquí un rato.

La zona de confort también puede ser el resultado de años de esfuerzo.

Encontrar un trabajo donde estás a gusto.

Construir una relación tranquila.

Pagar tus facturas sin sufrir.

Llegar a casa y sentir paz.

Eso también cuesta.

Y después de dedicar media vida a construirlo, no creo que sea obligatorio salir corriendo en cuanto lo consigues.

Claro que hay momentos en los que toca incomodarse.

Cambiar.

Arriesgar.

Irse.

Empezar de cero.

La vida te los pone delante aunque no compres ningún libro de desarrollo personal.

Pero convertir la incomodidad en una virtud por sí misma es bastante absurdo.

Quizá madurar consiste también en saber distinguir cuándo el miedo te está frenando y cuándo, sencillamente, no quieres algo.

Porque no todo lo que no hacemos es por miedo.

A veces es por criterio.

No es porque no pueda. Es porque no me da la gana.

Y eso también debería ser una respuesta válida.

Así que sí.

Puede que me quede en mi zona de confort.

Con mis rutinas.

Mi café.

Mi gente.

Mis domingos tranquilos con mi hija y mi marido.

Mi vida bastante normal.

Si algún día deja de hacerme feliz, ya saldré.

Pero mientras tanto, por favor:

no me rescates.

Estoy comodísima.


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