El otro día me quedé embobada mirando por el ventanal que da a la plaza de Sagrados Corazones, en Madrid.
Pasó un furgón de la Policía del Subsuelo y llevo desde entonces obsesionada con el tema.

No tiene absolutamente nada que ver con lo que suelo escribir en este blog, pero en aquel momento decidí que también iba a empezar a compartir curiosidades aleatorias porque, sinceramente, ¿por qué no?
Lo primero que pensé fue que el nombre era espectacular.
Policía del Subsuelo.
Suena a gente que sabe cosas que nosotros no sabemos.
A una organización secreta encargada de vigilar una ciudad que existe exactamente debajo de la nuestra.
Y, obviando la parte cinematográfica que me he montado en la cabeza, resulta que no iba tan desencaminada.
La Policía Nacional tiene una Unidad de Subsuelo y Protección Ambiental. Entre sus funciones están la vigilancia e inspección preventiva del subsuelo, la elaboración de planes de seguridad de edificios oficiales y domicilios de altos cargos, la participación en dispositivos policiales y la búsqueda de pruebas o efectos relacionados con delitos en lugares de difícil acceso.
Es decir: mientras nosotros caminamos por Madrid pensando en nuestras cosas, sacando al perro o enfadándonos en el coche porque la Castellana está otra vez colapsada, hay gente cuyo trabajo consiste en saber qué hay debajo.
Y es increíble lo que hay debajo.
Porque yo hasta ahora tenía una concepción bastante básica del subsuelo de una ciudad: Metro, tuberías, alcantarillas y cucarachas de un tamaño que prefiero no imaginar.
Mi amiga María a partir de aquí ha dejado de leer.
Pero debajo de Madrid hay otra ciudad.
No otra ciudad con locales de Barré, cafeterías de especialidad donde un café cuesta ocho euros si le añades leche de avena. Sino una sucesión de túneles, galerías, búnkeres, estaciones abandonadas, antiguas conducciones de agua, minas y estructuras que se han ido acumulando durante siglos mientras nosotros colocábamos encima edificios, semáforos, terrazas y una Casa de las Carcasas.
Y desde que lo sé no puedo andar por Madrid con normalidad.
Por ejemplo, debajo del Parque de El Capricho hay un búnker militar de unos 2.000 metros cuadrados construido durante la Guerra Civil. Está a unos quince metros de profundidad, podía resistir bombas de hasta cien kilos y tenía varias dependencias, enfermería, sala de máquinas, cuatro salidas al parque y una galería de escape que atravesaba el subsuelo del Palacio de los Duques de Osuna.
Tú puedes estar arriba paseando tranquilamente entre árboles y pavos reales mientras debajo tienes un antiguo cuartel militar.
Extraordinario.
Y debajo de la Escuela de Minas de Ríos Rosas existe, directamente, una mina.
Una mina.
Hay que bajar 75 escalones hasta unos 25 metros de profundidad. Fue construida en los años sesenta por un profesor, Marcelo, para que sus alumnos pudieran practicar dentro de una reproducción de una explotación de carbón, con galerías, pozo, raíles y vagonetas.
Vaya pasada de profesor.
Pero cuanto más investigaba, menos me interesaban los túneles históricos y más empezaba a obsesionarme con otra cosa.
Porque una ciudad subterránea también tiene delincuentes. Y asesinos.
ETA y ladrones de bancos
El 20 de diciembre de 1973, ETA asesinó al presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, en Madrid.
El atentado fue preparado desde el subsuelo.
Los miembros del comando habían alquilado un bajo en el número 104 de la calle Claudio Coello y excavaron desde allí un túnel bajo la calzada. Colocaron alrededor de cien kilos de explosivos bajo el punto por el que sabían que pasaba habitualmente el coche oficial.
A las 9:20 de la mañana Carrero Blanco pasó por encima.
La explosión fue tan brutal que el coche salió despedido por encima del edificio y terminó cayendo en un patio interior. Asesinaron a Carrero Blanco, a su conductor y a su escolta.
Hay algo especialmente inquietante en esta historia que nunca había pensado hasta descubrir todo esto.
Durante el tiempo que duró la preparación del atentado, alguien estaba excavando debajo de una calle de Madrid mientras encima la vida continuaba con absoluta normalidad.
La gente caminaba.
Los coches pasaban.
Y debajo estaban construyendo el lugar desde el que iban a matar al presidente del Gobierno.
En diciembre de 1981, una patrulla de la Policía del Subsuelo estaba recorriendo una galería cerca de la glorieta de Bilbao cuando encontró a dos hombres.
Hubo un tiroteo dentro de las galerías.
Los dos sospechosos consiguieron escapar, pero cuando los policías inspeccionaron el lugar descubrieron que estaban excavando un túnel hacia un banco.
Un martes cualquiera en Madrid.
El 9 de diciembre de 1985, un día antes de mi cumpleaños, cuatro hombres armados y encapuchados aparecieron dentro de una sucursal del Banco Santander de la plaza de Cascorro.
Habían llegado desde la red de alcantarillado.
Accedieron al sótano a través de un agujero en la pared, encerraron a veinte personas dentro de la cámara acorazada y se llevaron doce millones de pesetas en efectivo,
(para los de la LOGSE, como dice «El Papá del Copywritting» aká mi cuñado Jaime, 72.000 euros que, actualizado a nivel adquisitivo, hoy en día serían unos 266.000€)
y once cajas de seguridad.
Para salir, volvieron a marcharse por la alcantarilla, y durante la huída se les cayeron 50.000 pesetas. Peccata minuta.
Pero volvieron.
Un año después.
Al mismo banco.
Esta vez habían construido un túnel de unos veinte metros que comunicaba la alcantarilla con la cámara acorazada.
Se llevaron catorce millones de pesetas en efectivo y desvalijaron ochenta cajas de seguridad. Solo el contenido de veinte de ellas fue valorado entonces en unos 140 millones de pesetas. Haz tú el cálculo.
Algunos de estos delincuentes conocían muy bien la red de alcantarillado porque habían trabajado anteriormente como poceros.
Y ahora ya no puedo dejar de verlo
Es increíble descubrir hasta qué punto una ciudad tiene profundidad histórica.
Estamos acostumbrados a verla en horizontal. Nuestro mapa mental de Madrid tiene dos dimensiones: aquí está Chamberí, allí Salamanca, más allá Retiro. Esta salida del Metro me deja mejor.
Pero Madrid tiene una tercera dimensión.
Hacia abajo.
Y ahí se han ido acumulando siglos.
El Madrid que construía refugios para protegerse de las bombas.
El que excavaba las primeras líneas de Metro.
El Madrid en el que ETA podía preparar un atentado debajo de una calle.
El de los poceros que utilizaron lo que sabían para llegar hasta cámaras acorazadas.
Todo sigue estando debajo de la ciudad que vemos.
Y encima estamos nosotros, completamente ajenos, paseando con nuestros perros, nuestros patinetes eléctricos y un repartidor de Glovo llamando al telefonillo.
Pocas cosas hay más estimulantes que descubrir que algo que dabas por conocido en realidad no lo conocías en absoluto.
Quizá las ciudades se parezcan más a nosotros de lo que pensamos.
Enseñan una parte y van acumulando el resto por debajo.
Capas de cosas que fueron importantes, que dejaron de utilizarse, que nadie pudo destruir o que simplemente quedaron sepultadas por lo siguiente.
No sé vosotros, pero a mí descubrir que todo esto llevaba años ocurriendo bajo mis pies mientras yo no tenía ni puta idea me parece absolutamente fascinante.
Y todo porque un martes miré por la ventana y pasó un furgón.
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