Mi amiga Carmen Pablo y yo llamamos así a ese cajón que existe en casi todas las casas.
«El cajón de las cosas varias».
Es ese cajón en el que acaba todo lo que no sabemos muy bien dónde poner: una llave suelta, una pila, un cable, un botón, una cinta métrica, alguna moneda, un tornillo que nadie se atreve a tirar porque “será de algo”.
Me gusta porque, en una casa organizada, ese cajón es una pequeña rendición. Un lugar donde aceptamos que no todo tiene una categoría clara.
Y creo que la vida se parece bastante a eso.
Nos tranquiliza clasificar. Saber qué somos, qué queremos, qué sentimos, qué significa cada relación, si una decisión fue buena o mala, si una etapa fue un éxito o un fracaso. Tenerlo claro da sensación de control. El problema es que la vida rara vez se deja ordenar así.
Hay relaciones que no sabemos explicar del todo. Decisiones que parecieron equivocadas y luego tuvieron sentido. Etapas en las que fuimos felices y, al mismo tiempo, estuvimos perdidos. Personas que ya no están pero que siguen ocupando un sitio. Cosas que no son exactamente buenas ni malas.
Cosas varias.
No todo necesita una etiqueta inmediata.
Hay cosas que guardamos porque todavía no sabemos qué hacer con ellas.
Ese cajón también está lleno de “por si acaso”.
Por si este cable vuelve a servir. Por si algún día descubrimos qué abre esta llave. Por si aparece el sitio de donde salió ese tornillo. Por si volvemos a necesitarlo.
Y eso también se parece mucho a nosotros.
Guardamos cosas porque tirar es decidir. Y decidir a veces cuesta más de lo que parece. No por el objeto en sí, sino por lo que representa cerrar una posibilidad.
Tirar algo es decir: esto ya no forma parte de mi futuro.
Por eso hay cosas que permanecen años en un cajón sin utilidad alguna. No porque seamos incapaces de ordenar, sino porque todavía no queremos cerrar del todo esa puerta.
Y creo que hacemos lo mismo con muchas partes de nuestra vida. Dejamos asuntos sin resolver, relaciones a medio colocar, decisiones aplazadas. No siempre por cobardía. A veces simplemente porque todavía no sabemos.
Y no saber también es una respuesta válida durante un tiempo.
Ordenar es ejercer control.
Por eso da tanta satisfacción.
Cada cosa en su sitio.
Cada cajón limpio.
Cada objeto clasificado.
Parece una tontería, pero el orden tranquiliza porque crea la sensación de que tenemos el entorno bajo control.
El cajón de las cosas varias rompe esa ficción.
Es el lugar donde admitimos que hay cosas que no hemos resuelto y que, de momento, no pasa nada.
Me parece una idea bastante liberadora.
Porque vivimos en una época en la que parece obligatorio tener claridad sobre todo. Qué quieres hacer con tu vida. Qué tipo de relación buscas. Qué objetivo persigues. Qué te aporta cada persona. Qué etapa estás cerrando. Qué aprendizaje sacas de cada cosa.
Todo tiene que estar definido.
Creo que, en parte, hacerse mayor consiste precisamente en aceptar que no todo va a estarlo.
No todo lo que no sirve carece de valor.
También he pensado otra cosa de ese cajón: está lleno de objetos inútiles que no tiramos.
Vivimos preguntándonos constantemente para qué sirve algo, qué aporta, si merece el espacio que ocupa. Incluso usamos ese lenguaje con las personas: “esta relación no me aporta”, “esto ya no suma”, “hay que soltar lo que no sirve”.
A veces es necesario, claro.
Pero otras veces creo que estamos aplicando una lógica a cosas que no deberían medirse así.
No todo lo valioso tiene una función.
Hay cosas que conservamos simplemente porque forman parte de nuestra historia. No hacen nada. No resuelven nada. No mejoran nada. Pero significan algo. Y eso basta.
La vida real siempre deja restos.
Las casas perfectamente ordenadas me impresionan, pero también me generan cierta desconfianza.
Porque vivir desordena.
Entras con prisa, dejas algo encima de una mesa, guardas una cosa donde no corresponde porque ya la colocarás después. Se acumulan pequeños restos de actividad.
Con la vida pasa lo mismo.
También deja restos.
Versiones antiguas de nosotros. Personas que ya no están pero siguen presentes de alguna forma. Ideas que hemos cambiado. Planes que no llegamos a hacer. Decisiones que todavía no sabemos interpretar.
Intentar tener todo perfectamente clasificado quizás sea otra forma de no tolerar la ambigüedad.
Y muchas de las cosas más importantes no son especialmente ordenadas.
Por eso me gusta el cajón de las cosas varias
Porque es un pequeño lugar de la casa donde nos permitimos decir:
No sé qué hacer con esto todavía.
Y ya está.
No hay que tirarlo.
No hay que clasificarlo.
No hay que convertirlo en una lección.
Puede quedarse ahí un tiempo.
Creo que necesitamos más lugares así en la vida.
Espacios donde no haga falta decidir inmediatamente qué significa algo.
Donde una duda pueda seguir siendo duda.
Donde una relación pueda no tener nombre.
Donde una etapa pueda ser confusa de momento.
No todo necesita estar en su sitio.
A veces basta con tener un sitio donde dejarlo mientras entendemos qué hacer con ello.
Sobre lo que guardamos y las versiones de nosotros que nos cuesta dejar ir: La ropa que espera a otra versión de ti