Hay una forma de hablar de la libertad de las mujeres que me resulta bastante curiosa. Se nos dice que podemos elegir, que no tenemos que dar explicaciones y que nadie debe decidir por nosotras. Hasta que una elige algo que recuerda a la vida de su madre o de su abuela.
Entonces empiezan las preguntas.
Si estará condicionada. Si habrá renunciado demasiado. Si no se estará conformando.
Casarse, tener hijos, practicar una religión o querer dedicar más tiempo a la familia parecen decisiones que, en determinados ambientes, necesitan una defensa adicional. Como si una mujer pudiera llegar por sí sola a cualquier conclusión salvo a esa.
Me molesta que se confunda una elección distinta con una elección menos pensada.
A lo mejor esa mujer ha pensado muchísimo. A lo mejor conoce las alternativas, ha probado otras formas de vivir y sabe qué quiere. A lo mejor disfruta cuidando a sus hijos y no siente que su vida esté ocurriendo en otra parte mientras lo hace.
O a lo mejor tiene dudas. Como la que acepta un ascenso, cambia de ciudad o decide no ser madre. No entiendo por qué unas dudas demuestran que la vida es compleja y otras se interpretan enseguida como prueba de sometimiento.
Hay una parte del discurso de la emancipación que parece tener un destino bastante concreto para nosotras: trabajar, crecer profesionalmente, ganar dinero, conservar la independencia y no poner nunca demasiado de nuestra identidad en la familia.
No acepto que se convierta en un examen que haya que aprobar para ser considerada una mujer libre.
Porque entonces la libertad viene con instrucciones.
A mí me parece estupendo que una mujer quiera dirigir una empresa. También que no quiera dirigir nada. Que llegue un momento en el que prefiera rechazar una promoción porque no le compensan los horarios. Que desee tener varios hijos. Que no quiera tener ninguno. Que su fe tenga un lugar importante en su vida.
No necesito que sus prioridades se parezcan a las mías para reconocer que pueden ser suyas.
Una mujer no tiene que demostrar su independencia eligiendo siempre lo contrario de lo que se esperaba de las mujeres antes.
Nuestras madres y abuelas vivieron con limitaciones que no deberíamos romantizar. Muchas tuvieron que pedir permiso, depender económicamente de alguien o quedarse donde no querían estar. Haber ampliado las posibilidades es un avance enorme.
Pero ampliar las posibilidades también debería permitir escoger algunas de las cosas que ellas hicieron, en condiciones distintas. Con capacidad para decir que sí, para decir que no y para cambiar de opinión.
Casarte no significa aceptar cualquier matrimonio. Cuidar no significa estar disponible sin límites. Priorizar a tu familia no debería obligarte a desaparecer dentro de ella.
Pero hay mujeres que miran por encima del hombro a aquellas que quieren una vida tradicional.
A veces tengo la impresión de que escuchamos a determinadas mujeres solo hasta que dicen algo que nos incomoda. Si una explica que la maternidad ocupa el centro de su vida, enseguida aparece alguien para recordarle que es mucho más que madre.
Claro que es más. Ella probablemente ya lo sabe.
Quizá simplemente está contando qué es lo más importante para ella.
También me fastidia que se dé por hecho que el reconocimiento profesional llena más que el familiar. Hay trabajos apasionantes y trabajos que se hacen para pagar las facturas. Hay mujeres felices en su profesión y mujeres agotadas que desearían pasar menos horas trabajando. Igual que hay mujeres que disfrutan dedicándose a su casa y otras para las que esa vida sería insoportable.
No veo por qué tenemos que vivir imponiendo que una misma organización de la vida nos va a hacer bien a todas.
A la parte del feminismo que mira con desprecio estas decisiones le pediría que confiara también en las mujeres cuando no siguen su misma idea de libertad.
No quiero demostrar que una vida tradicional es mejor. Quiero poder decir que también puede ser una buena vida, elegida con conciencia, vivida con gusto y compatible con tener criterio propio.
Una mujer puede saber perfectamente lo que vale y querer casarse. Puede ser inteligente y creyente. Puede tener capacidades profesionales y decidir que no quiere dedicarles la mayor parte de su tiempo.
Y puede equivocarse. La libertad también incluye tomar una decisión que después cambiarías, sin que tu error se convierta en una sentencia sobre todas las mujeres que eligieron algo parecido.
A mí no me parece coherente sustituir una obligación antigua por una expectativa moderna igual de rígida.
Quiero que podamos construir una vida que sintamos nuestra. Y que, cuando una mujer diga que está donde quiere estar, seamos capaces de escucharla sin preparar inmediatamente una explicación de por qué todavía no se ha dado cuenta de que está equivocada.