Y puso el listón muy alto.
No era perfecto.
Nos peleábamos. Le daba disgustos día sí y día también.
Pero me hizo el regalo que a día de hoy más valoro: Mantuvo vivo su matrimonio aunque su mujer nos dejara tan pronto, para enseñarme cómo ama un hombre de verdad.
Mi padre hizo algo que sólo entiendes cuando eres adulta.
Renunció a muchas cosas.
Me esperó.
Estuvo.
Durante muchos años le dije que no encontraba a nadie porque había puesto el listón muy alto. Al final, no era una broma.
Buscaba a alguien que demostrara amor en lo cotidiano.
En el respeto.
En la presencia.
En cuidar sin que te lo pidan.
En construir equipo.
En entender que formar una familia no consiste en tener hijos. Consiste en seguir cuidando de la persona con la que decidiste traerlos al mundo.
Y ahora lo veo en ti.
En esa forma tranquila de amar.
Esa manera de sostener sin invadir.
De cuidar sin esperar reconocimiento.
De entender que ser padre no consiste solo en querer muchísimo a una hija. También consiste en querer muy bien a su madre.
El primer amor que yo conocí, el primero que conoce una hija, no es el suyo propio.
Es el que ve cada día entre sus padres.
Nuestra hija olvidará muchas cosas de su infancia.
Pero nunca olvidará cómo la quiso su padre.
Y cómo su padre quiso a su madre.
Y con ese recuerdo decidirá, muchas veces sin darse cuenta, cómo acepta que la quieran los demás.