Esta semana ha empezado la vuelta al cole.
Ahora algunas de mis amigas llevan a sus hijos al colegio en el que yo fui tan feliz: Highlands.
Y cada vez que me lo cuentan, pienso en personas.
En Blanca, en Marta, en José María, en don Angélico.
Pienso en esas personas que probablemente creían que estaban haciendo su trabajo y que, sin saberlo, hicieron mucho más que eso.
Antes de que yo supiera quién era, hubo profesores que parecían tener bastante claro quién podía llegar a ser.
A esa edad una no sabe explicar del todo qué significa que te falte una madre, pero sí sabe notar el hueco.
Y yo lo buscaba en muchos sitios.
También en algunas de mis profesoras.
Visto ahora, seguramente les pedí demasiado. Quise que algunas fueran una figura materna y olvidaba que ellas tenían su propia vida, sus propios hijos, su casa, sus problemas.
Para mí eran simplemente mis profesoras; no pensaba en quiénes eran cuando salían del colegio. Y aun así me dieron muchísimo. Mucho más de lo que exigía enseñar una asignatura.
Un profesor puede cambiar la idea que tienes de ti mismo
Yo suspendía siempre matemáticas. Había asumido que no se me daban bien, que aquello no era lo mío y punto. Hasta que me tocó Ana.
Ana no hizo que las matemáticas fueran fáciles. Hizo algo bastante más difícil: entendió a quién tenía delante. Supo adaptar su forma de explicar, de transmitir, de acompañar. Y de repente empecé a entender. A sacar un 10 redondo en cada examen que hacía. Las matemáticas me enamoraron.
A mi amiga Alejandra le costó algo más.
Ahora trabaja con números.

Con los años he pensado muchas veces en lo importante que fue eso.
Cuando eres niño conviertes muy rápido una dificultad en identidad.
“No valgo para esto”, “no soy de números”, “no se me da bien”.
Y a veces basta con que un adulto no acepte esa etiqueta para que tú empieces a cuestionarla también.
Ana no solo me enseñó matemáticas. Me hizo dudar de una idea que yo ya había dado por cierta sobre mí misma.
Eso es algo que un buen profesor puede hacer: no solo transmitirte conocimiento, sino cambiar la forma en la que te miras.
La pasión también se enseña.
Con Marta me pasó algo distinto. Ella nos dio historia, y hoy soy una apasionada de la historia en gran parte por cómo ella la enseñaba.
No explicaba hechos, fechas y guerras como quien recita un temario. Los contaba.
Había personas detrás, decisiones, ambiciones, errores, traiciones.
Explicaba la historia como quien cuenta un cuento que merece ser escuchado.
Cuando alguien transmite algo con pasión de verdad, durante un rato te presta sus ojos. Empiezas a mirar aquello como lo mira ella. Y, si tienes suerte, algo de esa fascinación se queda contigo.
Con José María me ocurrió algo parecido en biología. Era tan apasionado, iba tan lejos de la materia, que durante un tiempo quise estudiar biología.
Me duró el tiempo de matricularme, eso sí.
Pero un profesor me había enseñado un mundo de una forma tan interesante que yo quería estar en ahí.
Eso también me parece enorme. Un profesor puede influir incluso en lo que un niño imagina que podría llegar a ser.
La autoridad no tiene por qué dar miedo
Luego estaba Blanca, prefecta de disciplina. Y de ella aprendí algo que probablemente me ha servido más en la vida adulta que muchas cosas que estudié para un examen: el autocontrol.
Blanca no ejercía la disciplina desde el “porque lo digo yo”.
No necesitaba castigarte para demostrar que tenía autoridad.
Conseguía que fueras tú quien entendiera qué había hecho mal y por qué.
Y hay una diferencia enorme entre obedecer por miedo y aprender a regularte porque comprendes el sentido de un límite.
Lo primero funciona mientras alguien te vigila. Lo segundo permanece cuando ya no hay nadie delante.
Eso es autoridad bien entendida.
Creo que hoy confundimos demasiado autoridad con autoritarismo, y no son lo mismo.
Un profesor puede exigir, corregir, poner límites y decir que no sin humillar ni infundir miedo.
De hecho, muchas veces ese afecto es precisamente la que da seguridad.
Los niños no necesitan solo adultos que los quieran. También necesitan adultos que sepan ocupar su sitio.
Y luego estaba don Angélico.
Lengua podía interesarte más o menos, pero en sus clases había un respeto especial. No porque él lo reclamara constantemente, sino porque se lo había ganado. Era una persona tan buena que uno no quería decepcionarlo.
Hay adultos a los que obedeces porque pueden castigarte y otros ante los que quieres estar a la altura porque los admiras. No tiene nada que ver.
Don Angélico me enseñó, sin proponérselo, que la bondad también genera autoridad. Que tratar bien a los demás no te debilita. A veces consigue justo lo contrario.
Antes de que yo confiara en mí, ellos ya lo hacían
Con los años he entendido que parte de la confianza que tengo hoy en mí misma no nació sola. Hubo gente que la tuvo antes.
Profesores que me trataron como alguien capaz incluso cuando yo no estaba tan segura. Que esperaron cosas de mí. Que me exigieron porque pensaban que podía responder. Que confiaron en que podía entender, mejorar, corregirme, esforzarme.
Y cuando eres niño, la mirada de un adulto pesa muchísimo.
No creo que la autoestima se construya repitiéndole a un niño constantemente que es maravilloso. Creo que también se construye tratándolo como alguien capaz. Dándole responsabilidad. Esperando algo de él. Haciéndole ver que puede hacer cosas que todavía no sabe que puede hacer.
Ana confió en que podía aprender matemáticas cuando yo ya había asumido que no. Marta consiguió que descubriera una pasión. José María me hizo imaginarme dentro de una profesión. Blanca me trató como alguien capaz de comprender sus propios errores. Don Angélico me enseñó que el respeto puede nacer de la bondad.
Ninguno necesitó decirme “cree en ti”.
Hicieron algo bastante más eficaz: creyeron ellos primero.
Un niño necesita adultos buenos que no sean sus padres
Quizá por eso me preocupa tanto cómo está cambiando la relación entre padres y profesores.
Creo que, como generación, nos cuesta muchísimo delegar.
Queremos elegir el colegio, pero también controlar cada decisión que toma: dónde sientan a nuestro hijo, por qué le han puesto esa nota, por qué le han llamado la atención, cómo le han hablado, por qué otro niño sí y el nuestro no.
Entiendo de dónde nace. Querer a un hijo hace que cualquier cosa que le ocurra nos parezca importantísima. Pero elegir un colegio implica aceptar algo que a veces olvidamos: durante muchas horas al día otras personas van a educar también a nuestro hijo.
No solo a enseñarle.
A educarlo.
Y eso exige confianza.
No confianza ciega, por supuesto. No significa aceptar cualquier cosa ni dejar de intervenir ante un problema real. Significa entender que no se puede delegar y controlar al mismo tiempo. Si cada decisión del profesor necesita ser revisada por los padres, la autoridad del profesor se vacía.
Y sin autoridad real, educar se vuelve muy difícil.
Además, nuestro hijo puede estar equivocado. Puede contestar mal, portarse mal, no haber estudiado suficiente, ser injusto con otro. Reconocerlo no significa quererlo menos ni ser un mal padre. A veces estar de su lado consiste precisamente en decirle: aquí te has equivocado.
Porque si cada vez que un profesor lo corrige nosotros desautorizamos al profesor delante de él, el niño aprende que cualquier autoridad que le incomode puede recurrirse ante mamá o papá. Y la vida no funciona así.
El colegio es uno de los primeros sitios donde descubrimos que el mundo no gira alrededor de nosotros
En casa un niño ocupa muchísimo espacio emocional. Sus padres saben qué le gusta, qué le da miedo, cómo necesita que le hablen, cuándo está cansado. En el colegio hay muchos niños. Y eso es importantísimo.
Allí aprende a esperar, a compartir la atención de un adulto, a convivir con personas que no ha elegido, a aceptar normas que no están personalizadas para él, a frustrarse un poco sin que nadie tenga que arreglarlo inmediatamente.
Eso también es educación.
A veces creo que, en nuestro intento por proteger a los niños de cualquier incomodidad, podemos transmitirles sin querer un mensaje bastante triste: “No creo que puedas con esto tú solo”.
Confiar en un niño también es permitirle atravesar pequeñas dificultades sin correr siempre por delante para quitárselas.
Y confiar en un colegio significa aceptar que habrá adultos que conocerán a nuestro hijo desde un lugar distinto al nuestro. Eso no amenaza el vínculo familiar. Lo ensancha.
Un niño necesita descubrir que existen adultos buenos fuera de casa. Adultos que pueden enseñarle cosas que sus padres no saben, verlo de otra manera, exigirle de una forma distinta o abrirle mundos que no existen dentro de su familia.
Yo lo sé bien.
Yo era una niña a la que le faltaba su madre. Y hubo profesoras que me dieron cariño, estructura, atención y seguridad cuando yo necesitaba muchísimo todo eso.
No sustituyeron a mi madre. Nadie podía hacerlo.
Hicieron algo diferente: fueron adultos buenos cuando yo necesitaba desesperadamente encontrar adultos buenos.
Y eso no se olvida.
Hay profesores que nunca sabrán todo lo que hicieron
Esto es lo que más me impresiona de esta profesión.
Quizás ninguno sabía exactamente qué estaba dejando.
Hay profesiones en las que el resultado real de lo que haces aparece muchos años más tarde, cuando tú ya ni siquiera estás mirando.
Eso me parece extraordinario.
Ahora, cuando pienso en quién soy, sé que hay una parte que pertenece a mi familia, otra a las experiencias que he vivido, otra a las decisiones que he tomado. Pero también hay una parte que se construyó allí, en aquellas aulas, gracias a adultos que me prestaron algo de sí mismos.
De pequeña pensaba que me enseñaban matemáticas, historia, biología o lengua.
Ahora sé que algunos hicieron bastante más.
Por eso me emociona que mis amigas lleven ahora a sus hijos a ese mismo colegio. Ojalá sigan teniendo siempre profesores así. No profesores que siempre les den la razón, sino profesores que los vean, los quieran, los exijan, les descubran cosas y sepan cuándo acompañar y cuándo poner un límite.
Y ojalá nosotros, como padres, sepamos dejarles espacio para hacerlo.
Porque un profesor puede entrar en un aula pensando que va a enseñar una asignatura.
Y treinta años después alguien puede descubrir que, mientras tanto, también estaba ayudándole a convertirse en quien es.
Si quieres seguir leyendo: Mi padre ha sido quien me ha criado.