Hubo un tiempo en que la política intentaba convencer.
Te explicaba una medida, defendía una prioridad, discutía un modelo de país.
Podías estar de acuerdo o no, pero el juego era ese: razones contra razones, datos contra datos, ideas contra ideas.
Ser político incluso tenía cierto prestigio. Pienso en Adolfo Suárez y Felipe González, como toda España pensaría.
Ahora el mecanismo es otro. La política no necesita que entiendas, si no que reacciones. Le basta con que sientas algo lo bastante intenso como para colocarte de un lado. Miedo, rabia, indignación, orgullo, asco. Lo que sea, mientras te active.
Eso es lo que más me inquieta de la «emocracia«.
No que haya emociones en política —siempre las ha habido—, sino que la emoción se haya convertido en sustituto del razonamiento.
Ya no se trata de demostrar que tu propuesta es mejor, sino de conseguir que el adversario te parezca moralmente insoportable. En ese terreno es mucho más fácil movilizar.
Si consigues que el otro ya no sea alguien equivocado, sino alguien peligroso, corrupto, fascista, te ahorras una parte importante del debate.
Discutimos más sobre identidades que sobre políticas
A veces da la sensación de que la pregunta principal ya no es “¿esto funciona?” o “¿esto es verdad?”, sino “¿quién lo ha dicho?”.
Si lo ha dicho uno de los tuyos, buscas el contexto que lo justifica.
Si lo ha dicho el contrario, buscas la frase más grave.
Y así acabamos haciendo algo bastante infantil: juzgar una misma conducta de manera distinta según quién la protagonice.
La izquierda ha perfeccionado mucho ese terreno moral.
El PSOE ha utilizado durante años la amenaza de la “ultraderecha” como elemento movilizador.
La izquierda ha convertido en habitual un lenguaje en el que reaparecen el “fascismo”, los “antiderechos”, el “No pasarán”.
llevan tiempo apelando directamente a la rabia, al antifascismo y a la confrontación con un enemigo presentado como moralmente ilegítimo.
El mecanismo es eficaz porque desplaza el centro de la discusión.
Ya no tienes que demostrar que tu política económica, educativa o social es mejor.
Si consigues que la alternativa se perciba como peligrosa, basta con ser el dique de contención.
Es una forma de política muy rentable: no necesitas entusiasmar demasiado con tu propio programa si consigues asustar suficientemente al ajeno.
Y aquí Franco sigue teniendo una carrera política extraordinaria.
Murió en 1975, pero medio siglo después continúa siendo convocado con una frecuencia sorprendente.
Y enfrente, para completar el absurdo, siempre aparece alguien dispuesto a llevar una bandera franquista y demostrar que todavía se puede hacer política desde una nostalgia inútil.
Uno invoca al fantasma; el otro se disfraza de fantasma.
Y así conseguimos que un dictador muerto hace cincuenta años siga ocupando más espacio simbólico del que debería en la conversación política de 2026.
Las dos cosas son ridículas: banalizar el fascismo llamando fascista a casi cualquier adversario es irresponsable y de moral cuestionable; exhibir símbolos franquistas hoy es absurdo. Somos absurdos.
La propaganda ya no parece propaganda
Nos gusta pensar que la propaganda era una cosa antigua.
Pero no, ahora es más sofisticada porque parece espontánea.
Llega en un reel de veinte segundos, en un vídeo cortado justo para no mostrar el contexto, en una foto compartida con una frase en mayúsculas o en un titular que confirma exactamente lo que ya pensabas.
Y funciona porque no solemos verificar lo que nos da la razón.
Si aparece un vídeo de una manifestación con una pelea, una bandera franquista o un insulto, demasiada gente lo comparte antes de preguntarse cuándo se grabó, dónde, si ocurrió realmente, si fue un episodio aislado o si el vídeo está manipulado.
Lo mismo sucede al otro lado: algo sobre inmigración, un dato económico fuera de contexto, una imagen de violencia o una frase recortada pueden circular miles de veces porque encajan perfectamente con el relato que queremos.
Ese es el verdadero problema: no es que nos engañen porque somos tontos. Es que muchas veces colaboramos encantados con el engaño cuando el engaño perjudica al enemigo correcto.
O sea que somos más tontos todavía.
Y cuando se demuestra que algo era falso, aparece el que lo justifica: “Bueno, pero refleja una realidad”, “podría haber pasado”. Es decir, la verdad deja de ser el criterio. Lo importante es que el relato sea útil.
La política emocional también pasa por el dinero
Otro mecanismo que me pone la piel de gallina es la forma en al que presentan las ayudas públicas.
Un Gobierno “da” una ayuda, “pone” dinero en el bolsillo de una familia.
Es decir, es un Estado generoso que concede recursos como si fuera un regalo.
Pero el dinero sale de impuestos, cotizaciones y, cuando no basta, de deuda. Deberíamos mirar una ayuda pública con bastante más seriedad antes de dar las gracias.
¿Cuánto cuesta, quién lo financia, qué problema resuelve? ¿Hay una forma mejor de gastar ese dinero?.
Pero por supuesto eso es bastante menos sexy que anunciar un cheque.
La política emocional funciona mejor cuando convierte una decisión presupuestaria en una relación afectiva:
alguien te da algo y tú lo agradeces.
O alguien te quita algo y tú te enfadas.
En el Parlamento también han aprendido a hablar para Instagram.
La degradación en la política no sólo está en los mensajes. También está en la forma.
Me preocupa que cada vez las intervenciones parecen que están preparadas para ser recortadas en un Reel para Instagram.
El zasca. La mueca. La frase humillante. La comparación ofensiva. El gesto que se hace viral.
Y eso tiene consecuencias. Porque ahora el objetivo no es convencer a quien piensa distinto, sino ofrecer a tu partido contenido que puedan celebrar como si estuvieran en un partido de futbol o en un programa de Juan y Medio.
Ya no hablas para el adversario. Hablas para tu grada.
Una política chabacana, más sucia, más barriobajera, más ordinaria, más pendiente del efecto que provoca que de la sustancia.
No hace falta llevar traje para tener sentido institucional, ni llevar camiseta para perderlo. La elegancia política no está en la ropa. Está en entender que representas algo más grande que tu cuenta de Twitter.

Hay términos que se usan cuando los argumentos acaban.
“Fascista”, “ultraderecha”, “discurso de odio”.
Son conceptos que pueden describir fenómenos reales y graves, pero cuando se utilizan como etiquetas pierden precisión y ganan utilidad política.
Y me parece una falta de respeto a aquellos que realmente vivieron esas opresiones. Cuando llamas fascista a demasiada gente, terminas banalizando el fascismo real.
Llamar fascista a alguien tiene una ventaja enorme: ya no hace falta discutir con él. Y eso viene genial cuando hasta tú mismo sabes que no llevas razón y no sabes qué más intentar.
Al fascista no se le convence. Se le combate. Directamente.
Y ese cambio es muy importante, porque transforma una discrepancia política en una cuestión moral.
Eso funciona muy bien para movilizar, pero muy mal para convivir.
Y sería demasiado cómodo terminar la crítica ahí, y escribir una media verdad. La derecha hace exactamente lo mismo, solo que con otro vocabulario. El relato cambia, pero la arquitectura emocional que usan es la misma.
Los dos saben que un ciudadano asustado es más fácil de movilizar. Y por eso se parecen bastante en esto; necesitan una amenaza constante porque, sin ella, la identidad política pierde intensidad.
El verdadero triunfo es que ya no tengamos que pensar demasiado
La política moderna ha descubierto que pensar es lento. La indignación es instantánea.
Pensar introduce dudas, matices, contexto. La indignación simplifica.
Pensar puede obligarte a reconocer que el adversario tiene razón en algo. La indignación te permite conservar intacta su posición.
Por eso cada vez se nos ofrecen menos explicaciones y más detonadores. Y una emoción lo bastante fuerte como para que le des a compartir.
Lo increíble es que después todos nos creemos inmunes a la manipulación. Los manipulados son siempre los otros. Los votantes del otro partido. Los lectores del otro periódico. Los que ven la otra cadena de televisión.
Nosotros no.
Nosotros hemos llegado racionalmente a la conclusión de que casi todo lo que hacen los nuestros tiene contexto y casi todo lo que hacen los otros revela su verdadera naturaleza.
Es incluso ridícula la situación.
La democracia exige algo bastante incómodo
Lo más difícil de una democracia no es votar. Es aceptar que puedes estar equivocado.
Que alguien a quien siempre has odiado puede tener razón en algo. Y que alguien a quien votas puede mentirte.
Que una medida que te beneficia personalmente no es sostenible y endeuda a todo el país.
Y, sobre todo, exige ser capaz de decir una frase revolucionaria:
“No tienen razón.”
Ese tipo de ciudadano es incómodo para cualquier partido. Porque pregunta, compara, pide fuentes, mira el vídeo completo, sospecha del titular y acepta criticar a su propio partido.
El hincha es mucho más fácil.
El hincha justifica a pesar de todo. El hincha comparte. El hincha perdona a los suyos exactamente lo que condena en el contrario.
Y cuando una democracia se llena de hinchas, el problema ya no es solo que suba el tono. Es que baja el nivel.
El ciudadano exige que lo convenzan.
El hincha solo necesita que le recuerden a quién tiene que odiar.
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